Salinas Grandes, Córdoba. La inmensidad que guarda el olvido

Por donde uno mire, casi todo es blanco

O no. Por ejemplo, si uno mira sobre su hombro, deja atrás el monte tupido y una gran montaña de sal al lado de las ruinas de lo que fue una empresa salinera, con algunos desechos: ruedas de hierro hecho casi polvo por la sal, ventanas que guardan paredes y medianeras destrozadas, ladrillos acomodados para una nueva construcción que no fue, ni será. Hierros por doquier. Y los vestigios de una hoguera donde murieron durmientes de una vía que ya no está, ni siquiera los contenedores que el riel hacía rodar hacia el infinito blanco de la sal. Hacia delante, por donde se mire, es blanco. Es así el agua que no se evaporó todavía, a diez centímetros de un lecho de sal poco profundo.

A lo lejos, se divisan aves, que recalarán en la isla que ahora con la sal, parece un espejismo, pero que en el verano toma cuerpo verdadero de islote rodeado de un mar cristalino con lecho salino. Es la reserva natural Monte de las Barrancas, creada en 1988, y que guarda el secreto natural más puro de una tierra poco fértil, aunque buen refugio de animales silvestres. Los flamencos llegan al atardecer, y aunque es casi inalcanzable el lugar, se dejan ver en una especie de espejismo

El camino que separa la ruta provincial 60 de San José de las Salinas, en el departamento de Tulumba,  hasta esa parte de las salinas grandes cordobesas (la extensión de más de 30 mil kilómetros cuadrados se divide entre las provincias de La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero y Córdoba),  es de un breve trecho de tierra en medio de un monte tupido que bordea las antiguas vías del ferrocarril Belgrano. Desde el pavimento, se ingresa por una amplia avenida (también de tierra), que corta la ruta a unos 10 km del pueblo de San José. También hay una entrada similar metros más adelante.

La tranquera que separa el montecito y el inmenso blanco está cerrada, pero el paso es fácil entre los alambres. No hay nadie alrededor, sólo mosquitos y langostas muertas, estas últimas fulminadas al tocar el suelo salitroso, que se endurece a medida que uno avanza hacia la orilla de lo que parece un mar infinito

 

No hace frio en los primeros días de abril, pero se sabe, en unos meses el clima no será benigno para cuando los trabajadores de la zona  comiencen con la tarea de recolección. El trabajo ahora se realiza un poco más cerca del pueblo, donde hay otra salinera, la única que quedó desde que en 1985 se fueron las demás empresas. El negocio de la sal en Córdoba era uno de los más pujantes hasta esa década, con más de 600 trabajadores que a mano, cosechaban hasta 4000 kg de sal por día. Hoy, son pocos los que quedan trabajando en la única empresa que explota el lugar.

El pueblo de San José, y el de Lucio V. Masilla, una localidad cercana,  viven de las salinas. Son casi 700 habitantes lo que tiene el primero, algunos de los cuales, en los meses de julio, junio y agosto ganan extras juntando sal en la inmensidad del blanco. El trabajo en los salitrales es malo y mal pago y muy riesgoso para la salud. En el año 2011, la AFIP detectó un gran número de trabajadores en negro y con mínimas condiciones de trabajo. Se les pagaba 1 peso por bolsa y de 10 a 25 por volquete lleno, exponían sus cuerpos a la sal y al sol extremo, con riesgo de cáncer y enfermedades respiratorias. La historia no ha cambiado mucho.

El potencial turístico del salar es mínimo. Solo algunos aficionados a la fotografía detienen su marcha para capturar con el lente los colores del atardecer, el espejismo que habita a esa hora en el paisaje, y parten, dejando atrás la inmensidad, en la que se esconde el olvido

Texto Pao De Senzi. Imágenes: Carlos Paul Amiune. La nota fue publicada originalmente en el año 2017

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